El hombre detrás del político: su precocidad en los negocios, su firmeza con CFK, Florencio Randazzo

Generales 13 de julio de 2021 Por Visión Política
Randazzo no había empezado la secundaria y ya ostentaba mucha menos ingenuidad que ambición. Se había ganado la fama de persuasivo.
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Che, Florencio, tenemos que arreglar, es mucho lo que te estás llevando”. Cacho Larrang lo sentó en su oficina y le habló de guita como a cualquier otro del pueblo al que le hablaba de guita: en serio. Al dueño del corralón de materiales de construcción más grande de Chivilcoy la idea de pedirle el trabajito se le había ido de las manos. A esa altura, Cacho se había dado cuenta de que fue muy cándido con él. Y la promesa de una tentadora comisión para que golpee puertas y recupere deudas fue al final menos un anzuelo que un plomo.

Es que Florencio tenía 13 años pero parecía de más. No solamente por su altura, un tanito espigado como el trigo que crece en las afueras del pueblo, sino por la forma de vivir la vida. Le corría por las venas un hambre voraz, muy precoz para un preadolescente de la escuela primaria. Transcurría el año 1978 y mientras sus amiguitos andaban en bici o cambiaban figuritas de Mastrángelo, Passarella y Kempes, Florencio negociaba su comisión con Larrang a sabiendas de que el poder no lo tenía su jefe sino él. Al fin y al cabo, era el único que conseguía levantar los muertos que acumulaba Cacho por buen tipo: golpeaba las puertas de las casas de los deudores y, sin armas ni rencores, no paraba hasta conseguir que pusieran la que debían.

Randazzo no había empezado la secundaria y ya ostentaba mucha menos ingenuidad que ambición. Se había ganado la fama de persuasivo. Y además, nadie quería quedar mal con el hijo del “TogoRandazzo, ingeniero, docente y carismático empresario peronista de Chivilcoy. Entonces cobraba para Larrang, cobraba para El Pulgarcito, que estaba en la Avenida Ceballos, cobraba para la Casa Caballero y así, comisión arriba de comisión, sentó las bases de su imperio infanto juvenil. Y de todo lo que iba a venir más tarde.

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Después vendió helados en un carro y vendió joyas, lavó autos y ventanas, pintó casas, pasó música en dos boliches del pueblo, se puso su PyME de pintores que llamó “¡Qué belleza!”, y adquirió la concesión de una marca de helados para distribuir en la zona.

Así que cuando cumplió los 17, Florencio ya había vivido la vida que quizás no vive un hombre adulto en toda su existencia: tenía auto, tenía moto, un dos ambientes propio en los monoblocks de la calle Ameghino y una novia 15 años mayor que él, Graciela, de 32, ya separada, hija de un empresario de mucho dinero del pueblo, con quien iba a formar pareja durante 12 años y a quien, mucho tiempo después, ya terminada la relación, elegiría como la madrina de Gino, su primer hijo.

La vida de Florencio iba a dar mil vueltas a mil kilómetros por hora con trabajo, confianza ciega en sí mismo y una ambición que nació enfocada en el dinero y la consecuente autonomía y se trasladó al hacer y rosquear (o viceversa) de la política, a la militancia de la cercanía territorial, a la inmersión en una esfera más alta de poder, el cielo de los elegidos y los voluntariosos, la primera línea de comando de un país. Todo eso, cruzado por una constante, su revolución permanente: así como lo hizo con Cacho Larrang, lo hizo con Duhalde, después con Solá y finalmente con Cristina Fernández, su última jefa antes de convertirse él en su propio jefe. Todo por Perón. Pero más por Florencio.

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Randazzo se construyó a sí mismo. Y todavía lo hace. La vocación de poner ladrillo sobre ladrillo, metafórica o literal, está en su genética ancestral. Habrá que imaginar en qué punto de la historia se originó, cuándo y por qué se activó ese rasgo constitutivo, ese don de la determinación, la idea de la voluntad al servicio del progreso propio y -más tarde- el del Otro también. Pero sí se sabe dónde ocurrió y cómo siguió.

Hubo un Randazzo original en la mítica isla de Sicilia, en el pequeño pueblo de San Cono, y hubo otro, un descendiente de aquel, Luis, que se subió a un barco en el puerto de Catania como tantos otros y partió a la lejana y despoblada provincia de Buenos Aires a principios del siglo XX llamado por el grito de su hermano, Pedro. Los Randazzo descubrieron la tierra generosa y fértil del sur de la América del Sur y aquí desplegaron aquel rasgo innato siciliano. Pronto armaron la Constructora Luis y Pedro Randazzo, que al fin y al cabo sería el cimiento desde donde creció y se edificó el -hasta ahora- máximo exponente de “la Famiglia”: Aníbal Florencio.

Randazzo creció entre las ideas de su padre, “Togo”, peronista de ley, formado en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Córdoba, y las de la familia de su mamá, los Castagnón, dueños de campos en las mejores tierras de la zona, y casi como consecuencia de eso, antiperonistas. La música que sonaba en la casa de la infancia feliz de Florencio, no obstante, siempre fue la de la voz del General. Entre constructores y agroganaderos ganó la visión industrialista, de justicia social, que el morocho “Togo” había incorporado a fuego en los años universitarios.

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Florencio nació el 1 de marzo de 1964, con Perón proscripto e Illia presidente. Es el cuarto varón de un total de seis hijos. Después de él llegó Adriana, la única mujer. Y luego, quizás inesperadamente, Juan. Pero antes de Florencio vino Pablo, cuyo nacimiento y primeros meses de vida pusieron a prueba la solidez emocional de los Randazzo. El bebé tenía hidrocefalia y estuvo tres meses internado en el Hospital de Niños de Capital Federal. Lo salvó el “padre de la pediatría”, el mendocino Florencio Escardó. Para “Togo” fue un cambio estructural. Para su mamá, Gladys, una experiencia que la llevó a perpetuar el nombre del salvador en el DNI de su quinto hijo.

Antes de cobrarles a los morosos de Chivilcoy, Florencio aprendió, a los 10, el arte de vender. O quizás, solo desarrolló algo que ya estaba en su personalidad mediterránea. Fue en un mercado de la calle Vicente Loveira. Así aprendió a lograr que los clientes se llevaran la fruta que estaba podrida, la banana que era para el licuado, el tomate que iba a la salsa. Su familia tenía una casa quinta para el verano pero Florencio no aguantaba el sopor del ocio. Entonces a las cinco de la mañana se subía a su bicicleta y se iba al mercado. De fondo escuchaba los insultos de su madre.

Siempre fui un emprendedor”, se ríe Randazzo cuando se mira de niño, de adolescente, ahora mismo, sentado en un sillón de tres cuerpos, con las piernas largas estiradas, los gestos ampulosos, quizás producto de sus manos grandes, de su gestualidad de italiano del sur, interrumpida periódicamente por la cebada de un mate color rojo demasiado moderno, instalado en su oficina de Puerto Madero. Desde su ventana se pueden ver los diques, la autopista que lleva a la Provincia, y se percibe el latido de la ciudad de Buenos Aires.

Florencio se ríe cuando recuerda a Cacho Larrang y las abultadas comisiones que le ganó a fuerza de perseverancia. “Rompía las bolas las 24 horas del día, iba, les tocaba timbre, los perseguía, ‘dónde está, a qué hora vuelve, dame un cheque’, era persistente”, habla con tonada del interior bonaerense, con la S semi muda, una musicalidad tana en el decir, y se ríe a carcajadas. De cuando vendió helados en bicicleta recuerda un día que hizo “un montón de plata” porque junto a su compinche Ariel Franetovich, que en los 2000 sería Intendente, se avivaron y fueron a vender al cementerio en el Día de los Muertos. “Y de paso cuidábamos los autos”, vuelve a reír con el gesto de quien nunca da un paso en falso.

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El negocio del helado nunca lo cortó. Actualmente tiene una heladería en su pueblo. También un gimnasio en La Plata, un salón de fiestas y alguna empresa más. A los 14 años ya era dueño de la concesión de Frigor en Chivilcoy. En el quincho de su casa guardaba las cajas de palito y bombón. Una noche que sus padres no estaban se armó una mesa de juego con amigos -obviamente- más grandes que él. Pero el que ganó -obviamente- fue Florencio. La venganza de los derrotados fue desenchufarle la heladera. La mercadería se derritió, pero no lo hizo la ambición de Randazzo. “Los metí en el freezer de mi casa, los congelé y al otro día los puse de oferta”. Más risas.

“Siempre quise ser independiente, nunca me imaginé tener que trabajar para alguien que no respetaba. En ese momento era un tipo ambicioso también, pero siempre le di mucha bola al tema del trabajo, al esfuerzo, me crié en esa cultura”, se autodefine Randazzo, 40 años después, mientras planifica su retorno a la arena electoral, con la misma convicción que lo llevó a romper con Cristina Fernández luego de no aceptar ser candidato a gobernador de la Provincia en 2015 y cargar, ahora, con cierto estigma: están quienes lo acusan de terco, de haberse dado un tiro en el pie, de ser “el hombre de los años impares” que solo aparece para las elecciones legislativas. Randazzo se ríe de eso también. Si le pesa, lo tapa bien, como todo vendedor efectivo.

Podría pensarse que la sombra de la dictadura militar que arrancó en el 76 no alteró la vida bucólica de Chivilcoy, alejada del sótano en que se habían convertido las ciudades. Pero en la familia Randazzo el golpe provocó un temblor que duró hasta la vuelta de la democracia. Para Florencio, de alguna manera, fue la puerta de entrada al territorio de la política y la militancia. No olvida aquel miedo de “Togo”.

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El mismísimo 24 de marzo del 1976 Florencio estaba sentado en la cama de su viejo, que le anunció, azorado: “No sabés lo que se viene con estos hijos de puta”. Vio el temor en su cara porque Randazzo padre alguna vez en la facultad había hablado, porque tenía un tío que daba clase en la Universidad de La Plata que se tuvo que borrar, porque finalmente en Chivilcoy hubo 14 desaparecidos y “Togo” acompañó a todas esas familias, incluso tenía en la mesa de luz un listado de los que había que llamar si se enteraba que lo venían a buscar él.

Era un tipo comprometido, todo el mundo sabía que era peronista, habían venido a buscar amigos de él acá, Capellini, De Vitto, a tipos que él conocía y que algunos los mataron, Capellini apareció asesinado en Cañuelas, él estaba vinculado a toda esa gente. Ni siquiera era un gran militante mi viejo”, relata Randazzo para resaltar la vocación social de su padre.

Como una consecuencia lógica para la personalidad abarcadora de Florencio, en 1983, cortadas las espinas del horror, empezó a militar en el peronismo y no discontinuó ese compromiso, o esa ambición, hasta la actualidad. Arrancó en una Unidad Básica y en la primera interna en el año ’83 fue fiscal de la escuela 7.

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Su debut fue con victoria, ganó su candidato y todavía referente, Carlos Francisco Dellepiane, que luego fue intendente. La derrota del peronismo a manos de Alfonsín igual se celebró en Chivilcoy porque fue uno de los 27 municipios bonaerenses donde sí triunfó el justicialismo, a pesar de Herminio Iglesias y el cajón de la UCR envuelto en llamas.

Ahí mi viejo me dijo que nosotros pagamos la vieja deuda de los ’70, que la gente había quedado demasiado herida con respecto al tema del proceso traumático que había vivido la Argentina”, comenta.

Dellepiane fue una guía política pero el rumbo siempre se lo marcó “Togo”. “Mi viejo me inculcó siempre que el peronismo era la posibilidad de incorporación de los sectores más humildes a una vida diferente, al ascenso social, que el peronismo había irrumpido para poner nuevos derechos, era como una visión más igualitaria de la sociedad. Hoy no tenemos eso, hoy es todo chamuyo”, explica Randazzo y de paso baja línea, ahora que reapareció e intenta armar su propio peronismo por afuera del peronismo unido, con la mira puesta en 2021 y, sobre todo, 2023.

Randazzo basó su construcción política en la relación con el otro, o en la necesidad del otro. En la facilidad de persuadir y estar y traccionar con su influencia, lejos de los libros, cerca de los charcos. En el mismo 83 se fue a estudiar para Contador Público Nacional a la UBA y se armó un trabajo de administrador de consorcios, pero todos los fines de semana volvía a Chivilcoy a hacer política, lo que en ese momento, en esa instancia, se traducía en ayudar a sus vecinos y de esa forma edificarse a sí mismo como un referente del pueblo.

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En ese trayecto conoció a Italo Luder, a Herminio Iglesias, al peronismo duro de la posdictadura. En 1985 tuvo su primera escena de lo que él llama rebeldía, rompió con su estructura y armó la MUP, se alió al Frente Renovador y a Antonio Cafiero, que fue elegido Gobernador. Ahí Randazzo saltó a las grandes ligas. En el 87 se fue con Dellepiane a la Cámara de Diputados. Y en el 89 pasaron tres cosas: se recibió de contador, armó una empresa de la futurista TV por cable y vendió miles de abonos antes del Mundial de Italia, y Cafiero perdió con Menem, quien tenía una característica que a él le resultó atractiva siempre por identificación: “El Turco era disruptivo”.

Cuando ganás conducís y cuando perdés acompañás, si no, no podés aceptar ninguna regla”, dice Randazzo de aquel 1989 ahora, seis años después de no aceptar las reglas que había impuesto la jefa de lo que fue hasta ese momento su espacio, e irse.

En 1993 se zambulló a los designios del voto popular y fue elegido primer concejal en Chivilcoy y en 1995 se mudó a la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires. Mientras tanto abrió un gimnasio en La Plata y una empresa constructora, Simétrica, que todavía tiene y con la que, jura, jamás hizo ninguna obra pública.

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Randazzo se ganó la confianza de la gente de su pueblo con la ayuda. Transformó su departamento de La Plata en un centro que recibía y alojaba gente de Chivilcoy que iba a la capital bonaerense a atenderse por problemas de salud. Anotaba los nombres de las personas y sus problemas en un cuadernos. Fue la primera y única vez que recurrió al psicoanálisis. Los dramas ajenos no lo dejaban dormir: “Me sentía impotente”.

No le pasó ni con la muerte de “Togo”, a finales de 1996, con un cáncer fulminante que lo mató en 15 días a los 62 años. “Me pegó muy mal”, es todo lo que comenta sobre el ocaso del hombre fuerte de su vida, entre el aire tenso y el ruido de la bombilla que busca agua en el fondo del mate rojo demasiado moderno.

Luego pasó por el gabinete del gobierno provincial de Felipe Solá y así, en 2005, lo conoció a Néstor Kirchner, otro disruptivo con el que Randazzo sintió mucho más que empatía. “La mayor virtud que tenía Néstor era la convicción de las cosas que hacía y después que era un militante 24 por 24, tenía una vocación política inconmensurable, fue un transgresor”, define.

En esa etapa, pasó lo que ya sabemos: fue Ministro del Interior y luego asumió en la cartera de Transporte, después de la tragedia de Once. Llegaron la renovación de los trenes, el DNI tarjeta, el pasaporte en dos días y la SUBE. Es la chapa de Florencio, el piso desde donde asegura con firmeza que lo suyo es la gestión, y que hacer política es igual a la suma de gestionar más no contradecirse.

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Así justifica la ruptura de 2015, un desacuerdo con la decisión que tomó Fernández de Kirchner de no habilitar una primaria para candidato a Presidente entre él y Scioli. Siguió con el rechazo a ser Gobernador porque en Provincia no tenés la billetera” y otro “no”, el definitivo, en 2017, cuando Cristina le ofreció ser diputado por Unidad Ciudadana.Yo le dije que no, tengo otra visión de lo que hay que hacer en la Argentina”, explica, esta vez sin risas.

La visión que dice tener Randazzo es la de un peronismo a la vieja usanza que permita el ascenso social, algo que según él, no se cumple ahora que el Presidente es Alberto Fernández, nada menos que el jefe de su campaña electoral en 2017, en la que sacó el 5% de los votos.

Néstor, con quien hablaba todos los días, desde las 5 de la mañana hasta las 12 de la noche, ya no estaba en la rosca de aquella negativa a Cristina. Su muerte, en 2010, lo afectó mucho por la afinidad y cotidianidad. El último acto de Kirchner fue justamente en Chivilcoy. Quizás el último llamado del santacruceño haya sido a Randazzo. Florencio expresa cariño en el recuerdo: “Me llamó por un quilombo con Moyano. Le dije que él estaba cada día más pejotista y yo más amplio. Nos reímos. Pero me re pegó su muerte. Hablábamos diez veces por día. Era muy joven, tenía 60 años. Yo tengo 57 ahora”.

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Y a pesar de que Randazzo se acerca a la edad final de Néstor y de Togo, esquiva la angustia mortal con la autosuficiencia. Dice que se siente más joven que nunca. Más para ser padre de nuevo, por tercera vez, que para ser abuelo. La muerte en todo caso es un fantasma cuya presencia le molesta menos que la contradicción de preferir el bajo perfil a la exposición pública (”somos los únicos boludos que pagamos para ser conocidos”, autodefine). Y la velocidad a la que transcurre el tiempo.

- ¿Siente melancolía?

- Por ahí me agarra melancolía por haberme perdido ver crecer a mis hijos. Pero es parte del compromiso que uno toma frente a la vida. Eso te angustia. Pensar que pasó la vida. Ellos se han acostumbrado a mi ausencia. Volvería el tiempo atrás y disfrutaría más de mis hijos, jugar más con Gino, pero la vida es así.

- ¿Qué cosas de su personalidad le gustan y cuáles no?

- Me gusta la convicción que tengo para hacer las cosas, ir para adelante y respetar lo que creo y pienso, defenderlo a rajatabla. No me gusta que soy demasiado ansioso, me hubiera gustado formarme más intelectualmente, hablar bien varios idiomas, no hablo idiomas. Creo que igual podría haber hecho todo y no lo hice. Tener una visión mucho más acertada con respecto a lo que hay que hacer, solidez intelectual.

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La película de Florencio vuelve a los años 80, a la primavera democrática, a los primeros ladrillos de su construcción esencial. Ahí está él mientras pinta paredes con el nombre de Dellepiane y la P de Perón y la V de Victoria, o de Vuelve. Todavía sopla el viento frío del terror de la dictadura pero la marchita ya se canta en libertad. El “no te metás” es una frase que se repite en cada esquina del país, de Chivilcoy a Trelew, de La Plata a Corrientes. Randazzo confía en lo que le dice “Togo”, en el reglamento de la solidaridad, pero más todavía cree en su instinto, en la ley de su ferocidad. Tiene hambre, ansiedad y quiere traspasar el techo de lo posible. Se siente un rebelde, le gustan los lugares difíciles, incómodos y hacia ese lado va su nave.

Florencio tiene 17 años, ya se compró su departamento y la política es un animal hambriento que lo llama a meterse en la jaula. Entonces un día lo encara Rosa, la esposa del abuelo Luis, el hombre que trajo el gen de la determinación desde Sicilia. La nona tiene pavor, todavía está fresca la pintura sangrienta de Videla y sus secuaces. ”Estaba con miedo, y me dice que no me meta en política”, cuenta Randazzo. Su cara anticipa un momento de tensión, una crisis de angustia íntima. Es solo un amago, una treta actoral, antes de su última carcajada: “Nunca le di pelota, me metí en política igual. Y la terminé afiliando”. Fuentes: primerapagina.info e infobae.com

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