OPINIÓN. Meritocracia y competencia: "Sé honesto, sé confiable y sé productivo. Sé competente"

Opinión 12 de agosto de 2021 Por Visión Política
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Autor: Juan Bautista Quiroga

“Here we are not afraid to follow the truth wherever it may lead” T. J. - Este artículo está dedicado a J. B. Peterson.

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No podemos hablar de meritocracia sin hablar de competencia. No porque la meritocracia sea algo malo, sino porque la palabra competencia es más precisa para expresar lo que deseamos: objetivos medibles, resultados y excelencia. 

En el pasado, cuando todo era más difícil de medir y controlar, el mérito podía ser un indicador válido para otorgar oportunidades. Es sencillo y relativamente confiable. Es bueno compensar a alguien por lo que hizo bien. Sobre todo, si deseamos que lo vuelva a hacer. Pero no garantiza una ejecución competente. Si queremos aumentar las probabilidades de éxito deseamos menos los méritos que las competencias.

Hablar de méritos es hablar del pasado y estamos arrojados hacia el futuro. Los desafíos del pasado pueden ya no ser tan relevantes en las ejecuciones de mañana. Podés haber hecho todo bien, pero de ahí a merecer y exigir algún resultado es no entender cómo funciona la realidad. Si querés resultados, no podés descansar en el mérito: tenés que mantenerte competente.

 Por eso, a nuestros gobernantes no solo debemos exigirles méritos sino también competencia. Exijamos que se planteen objetivos que podamos medir y controlar durante sus gestiones. Exijamos que rindan cuentas y demuestren su competencia.

¿Por qué queremos una jerarquía de competencias?

Nadie ha respondido mejor esta pregunta que el gran Jordan B. Peterson:

Vivimos en sociedad y estamos todos interconectados. ¿No lo crees? ¿Dónde estás ahora? ¿Hay electricidad? ¿Hay agua? Si funciona es gracias a que hay una jerarquía de competencias. Imaginá tu casa construida por un incompetente.

Deseamos a los mejores plomeros, neurocirujanos, ingenieros, futbolistas. Queremos identificarlos para poder recompensarlos, que se sigan perfeccionando y que sigan haciendo lo que mejor hacen. No es una recompensa por lo que fueron o lo que son. Es una estrategia perfectamente calculada para aprovecharlos al máximo y disfrutar de su producción. Deseamos que produzcan tanto y tan rápido como sea posible.

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Creer que esta jerarquía de competencia no existe es cínico. Existe, debemos estar agradecidos de que existe, es funcional, genera valor y excedentes que pueden distribuirse.

En cualquier ambiente competitivo, donde se crea algo y está implicada la productividad, se observa el principio de Pareto. La regla es esta: si en un cierto dominio hay X personas, la raíz cuadrada de X es la cantidad de personas que producen el 50% del total. Es decir, si tomamos 10 escritores, 3 de ellos producirían la mitad del total de libros vendidos de ese conjunto. Pero lo notable es el carácter exponencial de esta distribución. En un grupo de 10.000 escritores, sólo 100 producirán el 50% de las ventas.

Esta distribución del valor genera desigualdad. La desigualdad genera resentimiento y, esto, desestabilización. Es un problema no deseado y complejo de resolver. No se soluciona sacándole recursos a los que están en la cima para repartirlo a los que están en la base. Por varias razones:

Primero, manejar dinero no es tan sencillo. Dale dinero a una persona que no está preparada y, en el mejor de los casos, lo desperdiciará. En el peor de los casos, entrará en una espiral de decadencia en la que difícilmente sea el único perjudicado.

Segundo, los que están en la cima de esta jerarquía prueban continuamente que son los más competentes para manejar el dinero y producir bienes y servicios de calidad a un buen precio. Y, por cierto, rotan con frecuencia. Es muy difícil mantenerse en la cima por mucho tiempo. ¿Acaso no queremos que los más competentes manejen la mayor cantidad de recursos? De lo contrario, ¿quiénes los manejarían? ¿Queremos que lo haga ese ente mágico y paternal que es el Estado? Pero el Estado también son personas. Y, en la mayoría de los casos, son burócratas incompetentes sin más mérito que la acumulación de poder y favores. ¿Cómo van a hacer para realizar una distribución de recursos eficiente y que no sea arbitraria?

Este sistema, aun siendo perfectible, es mucho mejor que su contrapartida. Cuidado con los que quieren igualdad de resultado. Lo que en realidad quieren son jerarquías de poder. Estas son tremendamente inestables y brutales. Basta ver lo que sucede hoy en Cuba o Venezuela.

La jerarquía de competencias genera un exceso de producción que nos permitió sacar de la pobreza a millones de personas en un tiempo récord. Es cierto que estos excesos de producción generan desigualdad. Pero si lo que querés es eliminar la desigualdad, vas a tener que deshacerte del exceso de producción.

¿Hay diferencias y desigualdades? Claro, hay diferencias de rango y a nadie le gusta estar abajo. Pero se puede subir. Hay miles de competencias, están incluso las aún no imaginadas. Si fallás en una, probá con otra. No da igual ser bueno que ser mediocre. A todos nos encantaría que eso fuese verdad. Por eso, ciertos discursos seducen tanto. Pero no, no da igual. Hay que entrar en el juego y encontrar nuestra competencia. No hay nada más satisfactorio en la vida que ir haciéndose competente y ver cómo vamos alcanzando nuestros objetivos. De lo contrario, nos volvemos resentidos y destructivos.

En conclusión, no alcanza solo con el mérito. Hace falta la competencia. La jerarquía de competencias emite un mensaje claro y contundente al resto de la sociedad y, más importante aun, a los jóvenes. Les dice a los jóvenes que es relevante ser bueno en alguna de estas jerarquías. Pujar por ser el mejor es un acto noble, que de por sí nos beneficia a todos. En lo que sea que encares, trabajá para ser de los mejores, si no, vas a traer problemas. A vos y al resto de la sociedad. Y necesitamos soluciones.

Sé honesto, sé confiable y sé productivo. Sé competente.

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